La obra más importante de nuestra vida
Un año después de acabar su casa, Saray y Xavi nos cuentan cómo fue el camino real hacia su hogar soñado. Una historia real sobre tiempo, calma y arquitectura vivida. El proceso íntimo de una familia que diseñó su casa como reflejo de su vida.

Silvia Arias
Diplomada en Magisterio
Directora de Viva
«No sabíamos dónde empezaba un brazo y acababa el otro. Solo sabíamos que estábamos todos juntos. Así queríamos que fuera nuestra casa.»
Esta frase, dicha casi al pasar durante una conversación con Xavi y Saray, resume con precisión lo que muchas familias buscan cuando sueñan con construir su hogar: no una casa, sino una forma de estar juntos. En Viva, acompañamos ese tipo de sueños. Y en este caso, el arquitecto Pol Femenias supo convertir esa imagen difusa en una realidad habitable, luminosa y llena de vida.
El sueño empieza con una pregunta
Cuando Pol les preguntó cómo eran como familia, Saray se sorprendió. “Te imaginas que te van a preguntar si quieres una o dos plantas, cuántos baños… pero no. La pregunta fue: ¿cómo sois como familia?”. Ese fue el punto de partida.
Mostraron una foto del verano: todos abrazados, enredados, sin saber de quién era cada brazo o pierna. “No se nos ocurrió mejor manera de explicarlo. Y la casa, creemos que es un reflejo fiel de eso”, explica Xavi.
Desde ese momento, entendieron que no se trataba solo de diseñar estancias, sino de traducir dinámicas familiares, formas de convivir, momentos compartidos y necesidades personales en un proyecto arquitectónico.
Soñar la casa antes de que exista
Uno de los momentos más emocionantes para la familia fue ese periodo en el que la casa aún no era real, pero ya la habitaban con la imaginación. “Me acuerdo muchas veces de estar con ellas, transitando la casa con la mente. Esta será tu habitación, ¿cómo te la imaginas? ¿Muy grande? ¿Muy pequeña?”, recuerda Xavi.
Y añade: “En una sociedad donde todo va tan rápido, hemos querido enseñarles que las cosas llevan su tiempo. Que detrás de esta casa hay horas, esfuerzo, decisiones. Y eso ahora ellas lo valoran.”
Incluso su hija, en una de las intervenciones más espontáneas de la entrevista, confesó: “Yo al principio creía que solo había que hacer una maqueta. Pero no. Lo he visto todo: marcar el perímetro con cuerdas, poner pladur, pintar… Y ahora sé que hace falta tiempo y profesionales para hacer una casa de verdad.”
Una casa para vivirla (de verdad)
Una vez construida, la casa demostró estar a la altura del sueño. “Lo que más nos gusta es la luz, la conexión entre espacios, cómo vivimos todos juntos pero con independencia”, explica Saray. “Un sábado por la mañana, desayunando, con el sol entrando por la ventana… esos momentos lo son todo.”
El diseño —abierto pero con rincones personales— ayudó a redefinir la convivencia familiar. “El índice de peleas ha bajado considerablemente —bromea Xavi—, antes, todo era más pequeño y el roce era más fácil.”
Las niñas también lo notan. Una de ellas cuenta: “Me gusta cuando el sol entra en mi habitación y me da en la cara. Aunque me deja un poco ciega, me gusta esa sensación.” Y la otra destaca su rincón favorito: el estudio de arriba, donde puedo hacer mis cosas, pensar, escribir… y ver los árboles y el tren.
Casi sin cambios: cuando el proyecto encaja desde el principio
Lo más significativo para esta familia es que apenas hubo cambios respecto a la primera propuesta de Pol. “Dimos muchas vueltas a pequeños detalles, pero al final volvimos al diseño original. Era como un guante. No cambiaríamos nada.”
Esa confianza en el proyecto inicial no es casualidad. Es fruto de un proceso que prioriza la escucha activa, la comprensión profunda del cliente y una visión integral del espacio como herramienta de bienestar.
“Es que no fue solo un proyecto de arquitectura. Fue una experiencia compartida. Pol nos acompañó desde el inicio, con una implicación que no esperábamos, y eso fue clave”, explica Xavi.
Tiempo, paciencia y acompañamiento: las tres claves
Cuando se pregunta si recomendarían algo a otras familias que estén a punto de embarcarse en este camino, ambos lo tienen claro:
«Tener tiempo. No ir con prisas. Y estar acompañados por alguien que esté ahí desde el principio, no solo los industriales que vienen y van.»
Construir una casa no es solo una cuestión técnica. Requiere maduración, diálogo y paciencia. “Parece que nunca se va a terminar. Pero luego, cuando llega el día de entrar a vivir, te das cuenta de que ha valido la pena cada minuto. Ese día no vuelve. Es único.”
Y añaden: “A veces se hace largo y pesado, sobre todo a nivel de pareja y familia, porque todo gira alrededor del proyecto. Pero si aceptas los tiempos y no corres, todo fluye mejor.”

Arquitectura y bienestar emocional
Durante la conversación surge una comparación interesante: Saray, psicóloga de profesión, reflexiona sobre la similitud entre su trabajo y el de un arquitecto.
«Así como un psicólogo puede ayudar a alguien a vivir mejor, un arquitecto puede crear espacios que mejoren la vida de una familia.»
Y lo dice con conocimiento de causa: “Venimos de un sitio en el que estábamos bien, pero aquí descansamos mejor, vivimos mejor. Parece una obviedad, pero a veces lo olvidamos: el orden, la luz natural, el confort… todo eso afecta, incluso a nivel químico y emocional.”
Vivir bien es vivir como uno quiere
La casa no solo refleja quiénes son, sino cómo quieren vivir. “Al final no se trata solo de proyectar cosas prácticas, sino de proyectar cómo quieres vivir tu familia”, dice Xavi.
Y esa idea se convierte en una declaración de principios: la arquitectura doméstica no es solo una cuestión de metros cuadrados o acabados. Es una forma de decir: “Así somos, así vivimos, así queremos estar juntos.”
Para esta familia, haberlo hecho de la mano de un arquitecto que entendió esto desde el primer minuto, lo cambió todo.
Historia de la Casa de Llinars
Éste es un extracto de una larga charla que disfrutamos en casa de Saray y Xavi. Si te has quedado con ganas de más y quieres conocer el diseño a fondo, mírate su Historia.






